Estados Unidos conmemora este viernes los 25 años de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington, un acontecimiento que cambió para siempre tanto su historia como su relación con el mundo.
Como en cada aniversario, están previstos actos en varias ciudades del país para recordar a las cerca de 3.000 personas que murieron ese día, rendir homenaje a quienes participaron en las labores de rescate y a quienes dieron su vida por defender al país.
Pero esta vez la fecha llega con un sabor amargo.
Aunque la guerra en Afganistán, que comenzó como respuesta directa a los atentados, terminó hace cinco años, el país vuelve a estar inmerso en un conflicto en Medio Oriente. Y, paradójicamente, en uno iniciado bajo el mandato de Donald Trump, un presidente que hizo campaña contra las llamadas “guerras eternas” y prometió mantener a EE. UU. alejado de ese tipo de aventuras militares.
Desde el pasado 28 de febrero, fuerzas estadounidenses combaten contra Irán en un conflicto que ya supera los seis meses, ha dejado 18 militares estadounidenses muertos y cuyo costo llegará a por lo menos US$37.500 millones a finales de septiembre, según estimaciones del Pentágono. Trump insiste en que no se trata de una nueva guerra eterna y esta misma semana minimizó su dimensión frente a conflictos anteriores. Pero el Pentágono ha extendido los despliegues en Medio Oriente hasta 2027 y cerca de 50.000 militares estadounidenses permanecen movilizados en la región.

El día que se rompió la sensación de invulnerabilidad de Estados Unidos
La mañana del 11 de septiembre de 2001, 19 miembros de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos fueron estrellados contra las Torres Gemelas en Nueva York y otro contra el Pentágono, a las afueras de Washington. El cuarto, cuyo objetivo se cree que era el Capitolio, cayó en Pennsylvania después de que los pasajeros intentaron recuperar el control de la aeronave.
Hasta entonces, pese a las numerosas guerras en las que había participado EE. UU., su territorio había permanecido prácticamente inmune a ataques provenientes del exterior.
El 11-S puso fin a esa sensación de invulnerabilidad y provocó una transformación de la política exterior estadounidense cuyas consecuencias siguen vigentes un cuarto de siglo después.
La reacción fue casi inmediata.
Las agencias de inteligencia identificaron a Al Qaeda, encabezada por el saudí Osama binLaden y refugiada en Afganistán bajo la protección de los talibanes, como responsable de los atentados.
El entonces presidente George W. Bush exigió que los talibanes entregaran a BinLaden y, ante su negativa, el 7 de octubre de 2001 Estados Unidos y Gran Bretaña iniciaron un operativo militar al que luego se sumaron otros países.
En cuestión de semanas, el régimen talibán colapsó.
Pero lo que comenzó como una operación relativamente concreta para destruir a Al Qaeda, capturar a sus dirigentes y evitar que Afganistán volviera a convertirse en un santuario terrorista terminó transformándose en una gigantesca misión para estabilizar y reconstruir el país.
Duraría 20 años.
En el camino, la respuesta al 11-S se extendió mucho más allá de Afganistán.
Bush declaró una “guerra global contra el terrorismo”, identificó a Irak, Irán y Corea del Norte como parte de un “eje del mal” y desarrolló una doctrina según la cual Washington se reservaba el derecho a actuar preventivamente ante amenazas antes de que se materializaran.
En 2003, EE. UU. invadió Irak alegando, entre otras cosas, que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva.

El régimen de Hussein cayó rápidamente, pero la ocupación desencadenó años de insurgencia y violencia sectaria y contribuyó a crear las condiciones de las que posteriormente surgiría el Estado Islámico.
El precio de la respuesta: debilitó a Al Qaeda, pero no consiguió eliminar la amenaza terrorista
Las consecuencias humanas y económicas de ese cuarto de siglo son enormes.
De acuerdo con el proyecto Costs of War de la Universidad de Brown, las guerras posteriores al 11-S han costado alrededor de US$8 billones.
Más de 940.000 personas murieron directamente como consecuencia de la violencia en Afganistán, Irak, Siria, Pakistán y otros escenarios. Cuando se incluyen las muertes indirectas causadas por el desplazamiento, la destrucción de sistemas sanitarios, el hambre y otras consecuencias de los conflictos, Brown calcula que el saldo puede situarse entre 4,5 y 4,7 millones de personas.
Al menos 38 millones fueron desplazados.
Las guerras también transformaron a EE. UU. por dentro.
El Congreso aprobó el Patriot Act, que amplió considerablemente las facultades del Gobierno para realizar vigilancia. Se creó el Departamento de Seguridad Nacional y se levantó una enorme infraestructura de inteligencia, seguridad aeroportuaria, control migratorio y lucha contra el financiamiento del terrorismo que todavía existe.
Veinticinco años después, el balance sigue siendo objeto de debate.
Al Qaeda nunca volvió a perpetrar un ataque comparable al 11-S en territorio estadounidense. Bin Laden fue localizado y abatido por fuerzas especiales estadounidenses en Pakistán en 2011 y la estructura central de la organización quedó severamente debilitada.
Pero la amenaza no desapareció.
Al Qaeda mantiene filiales en distintas regiones. En Somalia, el Sahel y Yemen continúan operando organizaciones vinculadas al grupo y Naciones Unidas sigue reportando su presencia en Afganistán.
Además, cinco años después de la caótica retirada estadounidense de Kabul, los talibanes vuelven a gobernar Afganistán, el mismo movimiento que EE. UU. expulsó del poder semanas después del 11-S.
El caso de Irak fue diferente, pero también dejó profundas cicatrices. Ambas experiencias alimentaron un creciente cansancio entre los estadounidenses ante intervenciones militares prolongadas cuyos objetivos terminaban modificándose con el paso del tiempo.

Trump convirtió ese agotamiento en una de sus banderas políticas.
Durante su primer Gobierno buscó retirar las tropas de Afganistán y en febrero de 2020 firmó con los talibanes el acuerdo que sentó las bases para la salida que Biden ejecutaría al año siguiente. En su campaña para regresar a la Casa Blanca volvió a presentarse como un presidente contrario a nuevas guerras y criticó reiteradamente las intervenciones estadounidenses destinadas a cambiar gobiernos extranjeros.
¿El regreso de las “guerras eternas”?
De ahí el particular simbolismo de este aniversario.
Veinticinco años después del 11-S y cinco después del final de la guerra en Afganistán, EE. UU. vuelve a combatir directamente contra un país de Oriente Medio.
La guerra contra Irán comenzó el 28 de febrero y ha durado mucho más de lo que inicialmente anticipó Trump. En los primeros días llegó a hablar de una campaña de cuatro o cinco semanas. Seis meses después, los ataques y represalias continúan.
Trump rechaza que exista una contradicción.
En junio, cuestionado sobre sus mensajes de campaña contra nuevas guerras, sostuvo que nunca había garantizado que EE. UU. no entraría en ninguna. Y esta semana volvió a minimizar el conflicto argumentando que no existen tropas terrestres combatiendo en Irán y que las operaciones estadounidenses consisten fundamentalmente en ataques intermitentes.
La diferencia con Afganistán e Irak es importante.
Hasta ahora, no existe una ocupación estadounidense de territorio iraní ni una misión de nationbuildingcomparable a las que consumieron años y enormes recursos después del 11-S. Tampoco es posible saber si el actual conflicto terminará convirtiéndose en algo semejante.
Pero Afganistán tampoco comenzó como una guerra de 20 años.
Arrancó como una operación para destruir a Al Qaeda y castigar al régimen que le había dado refugio. Irak fue presentado inicialmente como una intervención relativamente rápida para eliminar una amenaza que Washington consideraba intolerable.
En ambos casos, derrotar inicialmente al adversario resultó mucho más sencillo que manejar lo que vino después.
Esa es quizá una de las grandes lecciones que deja este aniversario.
EE. UU. comprobó durante estos 25 años que su enorme superioridad militar le permite destruir objetivos, derrocar gobiernos y eliminar enemigos con extraordinaria rapidez. Lo que nunca logró resolver del todo fue cómo controlar las consecuencias políticas de esas victorias.

Ahora, cuando una nueva guerra se desarrolla en Oriente Medio bajo un presidente que hizo del rechazo a los conflictos interminables una de sus banderas, la historia del 11-S adquiere una relevancia inesperadamente contemporánea.
Porque quizá la principal lección de las guerras que comenzaron aquel día no sea cómo empiezan, sino lo difícil que resulta saber cuándo y cómo terminan.
SERGIO GÓMEZ MASERI – Corresponsal de EL TIEMPO – Washington – @sergom68